Mi coche

Estándar

Hace casi siete años venía yo toda feliz a contar esto, que por fin tenía un coche para mi uso y disfrute. Ya podía ir a clase y pasar del autobús del infierno y tener esa libertad de movimiento que necesitaba.

Muchos kilómetros después y ya compartiéndolo con mi hermana llegó un día en el que, nada más llegar a la puerta de casa, decide morir. Tras un fallido intento de ver si se podía arreglar sin tener que vender un riñón para ello, tuvimos que mandarlo al desguace. Fue una pena, la verdad.

No era sólo un coche, era el primero que tuvimos mi hermana y yo y con el que antes habíamos hecho tantos viajes —hasta Versailles nada menos—. Por eso, cuando mi padre trajo las cuatro cosas que se habían quedado en el coche y los recuerdos que le habíamos pedido, hasta mi madre se dio una buena llorera.

Pero no hay mal que por bien no venga. Así que, un mes después de la pérdida estrenamos coche. Cambiamos un Golf con 16 años —con una ventanilla que subía y bajaba según quería y el a/c dando fallos— por un Peugeot 308 con apenas 3 y prácticamente nuevo. Ahora a esperar qué nuevas aventuras nos trae.

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